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Diario – 8 de Septiembre de 2020

Dicen que Mark Twain pensaba que la diferencia más importante entre la ficción y la realidad, es que la ficción necesita ser creíble.

Hace ya muchos años, durante una clase de teoría literaria, el profesor quiso explicarnos de una manera muy sencilla en qué consiste la verosimilitud: «es totalmente verosímil que Superman estire la capa y levante el vuelo; pero sería completamente inverosímil que Espartaco hiciese lo mismo, mientras pelea en la arena del circo»

Es decir, en esencia la verosimilitud ha de ajustar los detalles al contexto. Y además con exactitud. La exactitud es la medida mediante la cual evitamos la distorsión o el error.

Pero con los años te das cuenta de que la exactitud en los detalles para que algo sea verosímil, depende sobre todo de que éstos no sobren. Porque en la práctica siempre puede faltar algo, y entonces se busca.

El problema surge cuando los detalles sobran. Y aunque como Twain, yo también creo que la realidad puede en ocasiones resultar inverosímil, lo cierto es que la gran mayoría de la información que recibimos, y decidimos aceptar o no, no trata sobre «la verdad», sino sobre «su verosimilitud».

Así que, atención a los detalles.